Este 26 de abril se cumplieron cien años de la publicación de El proceso, una de las obras más emblemáticas de Franz Kafka. Su historia, tan vigente como en el momento en que vio la luz, ofrece una inmejorable oportunidad para reflexionar sobre el papel de los derechos de autor y el valor de la propiedad intelectual como garantes de la creación, la integridad y la voluntad del autor.
La paradoja de publicar contra la voluntad del autor
El caso de Kafka es uno de los más debatidos en el mundo del derecho de autor. El escritor checo dejó instrucciones claras a su amigo Max Brod: destruir todos sus manuscritos tras su muerte. Sin embargo, Brod desobedeció ese deseo y publicó obras que hoy forman parte del canon literario universal.
Desde la óptica jurídica, este acto constituye una infracción del derecho moral del autor, especialmente en sus manifestaciones de divulgación y arrepentimiento. A pesar de ello, el resultado fue la preservación de un legado invaluable.
Lo “kafkiano” como reflejo de paradojas judiciales contemporáneas
El Proceso retrata con crudeza un procedimiento judicial donde el acusado desconoce los cargos, no tiene acceso a una defensa efectiva y acaba ejecutado sin haber sido nunca escuchado por un juez visible. La obra, más que una denuncia jurídica tradicional, presenta una visión profundamente inquietante del poder despersonalizado y del sinsentido al que puede llegar un sistema judicial cuando pierde de vista al individuo.
Un siglo después, lo “kafkiano” sigue presente, aunque de formas más sutiles. No resulta descabellado aplicar ese adjetivo a situaciones actuales como la prolongada falta de renovación del Consejo General del Poder Judicial, la proliferación de reformas procesales que generan inseguridad jurídica, o incluso iniciativas legislativas encaminadas a burlar sentencias judiciales de trascendencia histórica (dictadas en procesos de inmaculada tramitación). También pueden evocarlo las tensiones que surgen en el ámbito del derecho de autor ante cada intento de reforma de la ley de propiedad intelectual, cuando los creadores perciben el riesgo de una protección menguante.
Adaptación cinematográfica y respeto al derecho moral
En 1962, Orson Welles adaptó El proceso al cine en una versión personal y atmosférica que, aunque introdujo algunos cambios narrativos —como la inversión del orden de ciertos episodios o un final diferente—, fue profundamente fiel al espíritu de Kafka. Lo significativo desde la perspectiva del derecho de autor es que esta fue la única película de Welles que no sufrió interferencias externas en el proceso de montaje ni en la edición. Así lo reconocía el propio director: “No fue estropeada ni en el montaje ni en ninguna otra cosa”.
Curiosamente, Welles concibió para esta película una escena que no llegó a incluirse, pero que resulta de notable actualidad: un episodio en el que Josef K. consulta a una pitonisa que interpreta su destino a través de un ordenador. En el guion, el protagonista reflexiona sobre la posibilidad de sustituir al juez humano por una máquina. Aunque fue finalmente eliminada, esta escena anticipa debates actuales sobre la aplicación de la inteligencia artificial en la justicia y sus implicaciones, también, para la propiedad intelectual y los límites del juicio humano en la creación y valoración de obras.
Transformación, dominio público y reinterpretaciones
La figura de Kafka también ha sido reinterpretada desde la ficción contemporánea. En La cucaracha (2020), Ian McEwan invierte el argumento de La metamorfosis: en lugar de un humano convertido en insecto, asistimos a una cucaracha que despierta transformada en primer ministro del Reino Unido. Más allá de la sátira política, esta obra plantea una cuestión interesante desde el prisma del derecho de transformación, una de las modalidades de explotación previstas en la normativa de propiedad intelectual.
Aunque la obra de Kafka se encuentra en dominio público, al haber transcurrido más de ochenta años desde su muerte, la reutilización de elementos de sus obras sigue generando preguntas puramente retóricas desde la óptica del derecho de autor, a salvo de cuestiones que afectasen al derecho de integridad o de paternidad.
Kafka, Borges y la tensión entre autoría y publicación
Al hilo, precisamente, de la publicación de los cuentos de Kafka, Jorge Luis Borges reflexionó sobre el hecho de que algunos autores deseen mantener sus obras inéditas o incluso destruidas. Recordaba que Virgilio quiso que la Eneida fuera quemada, y que Shakespeare jamás pensó en recopilar sus piezas dramáticas. Para Borges, quizás estos autores confiaban en la “piadosa desobediencia” de sus herederos. Pero en el caso de Kafka, pensaba que “veía su obra como un acto de fe y no quería que ésta desalentara a los hombres”.
Lo cierto es que hoy, a cien años de la publicación de El proceso, su legado no desalienta. Muy al contrario, en un mundo donde los desafíos a la libertad de creación y a la seguridad jurídica siguen vigentes, la obra de Kafka se convierte en un recordatorio necesario. Un espejo incómodo, pero también un símbolo del valor de la expresión artística y de la necesidad de protegerla.


