El vínculo agridulce entre el rock y la abogacía
Debo confesar que desde hace un par de meses no consigo quitarme de la cabeza ese verso de Robe Iniesta, el malogrado artista a quien de pequeño educaron para hombre adinerado y que de mayor se decantó por entonar: «Pero, ahora, prefiero ser un indio / que un importante abogado» («Ama ama ama y ensancha el alma», Extremoduro, en «Deltoya», 1992)
Y es que la relación del mundo del rock ‘n’ roll con la abogacía siempre ha sido agridulce. Recuerdo que George Harrison, harto de las rencillas legales que trajo consigo entre los miembros de The Beatles la creación del sello Apple y del pleito por plagio que tuvo que encarar a raíz del éxito de «My sweet Lord» escribió aquella simpaticona canción «The sue me, sue you blues«. En ella decía, sin demasiadas sutilezas: «Bring your lawyer / And I’ll bring mine / Get together, and we could have a bad time…». Para luego rematarlo con versos nada complacientes: «But in the end we just pay / those Lawyers their bills».
Litigiosidad en el rock: plagios y disputas de autoría
Pues bien, la litigiosidad en el mundo del rock responde a paletas de no pocos colores: plagios entre artistas, conflictos con el mánager, enfrentamientos con la discográfica, disputas entre los miembros de una banda. En el vértice de cualquier conflicto se encuentran casi siempre los derechos de autor, cuando no de marca, que son los que condicionan, se quiera o no, el bienestar económico de cualquier artista.
Plagio musical: un espectáculo dentro del espectáculo
El tema del plagio, por empezar por algún sitio, ha devenido un espectáculo dentro del espectáculo que el rock lleva consigo como marca de agua. Y nadie está a salvo de padecer imputaciones de esta naturaleza amplificadas por los altavoces de última generación que supone el recurso a los medios y a las redes sociales.
Ahí están los casos recientes de los sacrosantos Rolling Stones, con una supuesta demanda contra la canción «Livng in a ghost town«; o de la intocable Taylor Swift, cuya “Actually Romantic” pudiera estar inspirada en “Where Is My Mind«, de Pixies, un grupo de culto en las antípodas del gusto musical de la primera.
Las acusaciones de plagio han salpicado a bandas emblemáticas en relación con algunos de sus más aclamados himnos: Led Zeppeling (la eterna, «Starway to Heaven«), Radiohead (la hipnótica «Creep») o Coldplay (la nupcial, por paradójico que resulte, «Viva la Vida«).
Tanto que un cantautor tan iconoclasta como Morrisey, en el tema «Cemetry Gates» de The Smith, lanzaba una rotunda advertencia a los plagiarios: «If you must write prose-poems / The words you use should be your own / Don’t plagiarise or take «on loan» / Cause there’s always someone,/ somewhere / With a big nose, who knows / And who trips you up and laughs / When you fall».
Conflictos entre artistas, managers y discográficas
Los dimes y diretes de los artistas con los sellos discográficos, la industria, y con sus mánagers, son casi un género que se repite a lo largo de las décadas. Ya Paul McCartney se quejaba de que nunca le daban su dinero, que sólo le daban «your funny paper” y que «in the middle of negotiations / you break down» (The Beatles, «You never give me your money*, en “Abbey Road”, 1969).
Joe Strummer y The Clash, banda insurgente como pocas, denunciaban a las primeras de cambio los abusos de las discográficas con letras inequívocas: «They said we’d be artistically free / When we signed that bit of paper / They meant «Let’s make a lots of money / And worry about it later» (The Clash, «Complete control«, single, 1977). Y no era una pose o un gesto para la galería: hay que recordar que la banda obligó a la discográfica a vender su disco doble más icónico «London Calling» al precio de uno, para imponer la misma condición a continuación con su triple vinilo «Sandinista».
Con un deje de nostalgia, el añorado Tom Petty mostraba su decepción por la rendición de algunos artistas a las exigencias del mercado en estos versos tan significativos: «If you reach back in your memory / A little bell might ring / ‘Bout a time that once existed / When money wasn’t king / If you stretch your imagination / I’ll tell you all a tale / About a time when everything /Wasn’t up for sale» (Tom Petty and the Heartbreakers, «Money becomes king«, en “The last DJ”, 2002)
No menos cruentas pueden llegar a ser las controversias cuando atañen a la relación personal del artista con aquel a quien ha confiado la gestión económica de sus derechos. No importa que seas una estrella tan respetada como Bob Dylan, Bruce Springsteen o Leonard Cohen, en algún momento pueden aflorar discrepancias en esa gestión que echan por tierra amistades bien asentadas o que arruinan patrimonios amasados durante largos y duros años de trayectoria. Y en algunos casos la reclamación puede ser a la inversa y por motivos que rayan lo esotérico. Léanse esas noticias de la demanda interpuesta contra Guns ‘n’ Roses por un antiguo mánager debido a supuestos «repeated threats» que le estarían impidiendo la publicación de sus memorias bajo el ocurrente título «Sound N’ Fury: Rock’N’Roll Storie«.
Gestión económica de derechos
Hay que pensar que un creador musical tiene que lidiar, cuando menos, con un productor, con un editor musical, con una discográfica, con plataformas de música online, con varias entidades de gestión y con organizadores y salas de conciertos. Sin menospreciar, además, la relación con los miembros de su banda a fin de delimitar autorías, repartos de royalties o la titularidad sobre la marca que da nombre al grupo. Todo ello en el contexto de un escenario normativo en constante ebullición y de un medio, como la Sociedad de la Información y la Inteligencia Artificial, que pone a prueba instituciones y convicciones que se daban por consolidadas e inamovibles.
Bien sea para prevenir el conflicto mediante una adecuada articulación contractual de la relación con unos y otros agentes, bien sea para evitar el recurso a la jurisdicción alcanzando acuerdos cuando afloran las discordias, bien sea para garantizar un resultado procesal adecuado si el pleito acaba por imponerse, la figura del abogado, como la de las entidades de gestión de derechos de propiedad intelectual, deviene insoslayable en vida de todo artista.
En fin, por no quedarnos con un mal sabor de boca, volvamos a Robe y busquemos una cancioncita enjuagadora, una que nos derrumbe el alma y que nos reviente dentro. Aunque sepamos que puede que mañana ya no nos quede nada y ya nada importe, tal vez sea cierto, como quería pensar el irrepetible artista extremeño, «que el poder del arte / bien nos pudiera salvar / de una vida inerte / de una vida triste / de una mala muerte» (Robe, “El poder del Arte«, en «Se nos lleva el aire», 2023).
Para ello, imprescindible será que el arte / la música se cobije bajo el paraguas de la propiedad intelectual, que el artista sea consciente de la importancia de defender sus derechos, y que el abogado ame el rock ‘n’ roll y sepa acompañar al artista en todas sus tormentas. Y sobre todo … ¡que no sea él quien las provoque!
Antonio Castán Pérez-Gómez, Socio Honorario de ELZABURU.
